febrero 28, 2009

Lo escribo, lo leo, lo escucho

No para todos…


En mayor o menor medida somos herederos de los preceptos ilustrados. Asumimos una postura crítica que nos garantiza el encuentro con el conocimiento científico, el cual creemos verdadero o al menos muy cercano a la verdad. Es cierto, hay herramientas que nos permiten establecer una postura crítica, cuestionar, deshacer y construir para así contribuir. Se trate las llamadas ciencias exactas o de las sociales la contribución es el eje central, el objetivo último de todas ellas. He aquí el pequeño problema, el cabo suelto llamado Difusión.

Se dice que la Historia tiene una labor social, es decir, el historiador tiene como objetivo generar y aportar conocimiento a la sociedad –mejor aún- aportar el conocimiento verdadero a esa sociedad. Y ¿de que sirve la verdad si no se comunica?

Como historiadora se que la difusión se ha descuidado, supeditada siempre al predominio de Investigación. Si bien la difusión no puede lograse sin la investigación la mancuerna se ha roto, y con ello el propósito social se ve claramente truncado.

La Historia se encuentra vinculada al texto, la escritura es nuestro principal medio de comunicación, y con ella, se fomenta el proceso individual de lectura-escritura.
[1] El mismo proceso de la “textualidad” genera un espacio de acción reducido. Leer y escribir es un proceso estrictamente individual y por ello, en más de una ocasión, no estaría mal completar el círculo y regresar el texto a la palabra.


Así que les presento la siguiente situación que tuvo lugar en una oscura, oscura, noche en la que un cuervo nunca más habló:

Historiador 1: - “…, es querer que Kant o Marx escribieran para leerse en voz alta. Son procesos diferentes…”
Historiador 2: -“y eso es para nosotros [los historiadores] lo que sería… el trabajo de difusión”…-
Serindë Historiadora: - 0_0” 0_0” 0_0”… … … … … … (Error fatal: ahora se que hablar de difusión a un historiador es igual a una ofensa)

Conozco en el poder de la palabra, de aquella que se encuentra en el texto y de la que es voz. También confió en que, algún día, mi trabajo pasará de boca en boca: alguien que cuente lo que leyó o lo que escuchó en alguna conferencia, en el pasillo, en una cafetería y así convertirse en un rumor persistente… porque -para mí- la palabra de las mejores formas de comunicar y procurar volver el texto en palabra hablada es procurar comunicar el conocimiento que generamos.

Para Aristóteles la tragedia es la máxima forma literaria, porque a través del artificio, enseña. –la belleza de lo artístico no es un impedimento, al contrario es el medio para revelar una verdad que atañe profundamente a los hombres: a la sociedad.
[2] La tragedia que refiere Aristóteles es pública, es decir palabra hablada. Al leer una tragedia no se pierde su poder de expresión. La verdad que resguarda sigue en ella pero sólo seré yo –como individuo- quien la reciba. En cambio expuesta en el teatro, la enseñanza se difunde. Para la historia los espacios para la palabra son limitados, a pesar de ello se puede recurrir al texto mismo: escribir para que la fuerza de las palabras obligue a la voz.
Antes de los libros de fácil lectura con bellas fotografías e ilustraciones, que contiene historia “adaptada” para el público en general, existe una forma más sencilla: el habla.

No se trata de censurar la producción escrita, (este ensayo es un escrito) o decir que sería mejor convertirnos en cuenta cuentos, bardos y poetas. Se trata de recordar que la oralidad es un recurso valioso que debe practicarse asiduamente. Exponer con el habla no significa trivializar el conocimiento, tampoco es despojarlo de su carácter científico o académico, de la misma forma que una producción escrita no garantiza la seriedad del producto. Escribir “para leer en voz alta” es recordar que podemos extender nuestro habitual círculo de comunicación.

Serindë




Pd. Recuerden platicar esta lectura.




[1] Walter Ong, Oralidad y escritura, FCE.
[2] Aristóteles, Poética, UNAM.


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